Una Nochevieja a lo bestia
Ultimamente lo hablo con mis amigos porque nos está sucediendo a todos. Uno por uno.
Llegar a los 40 es como vivir de pronto una Nochevieja a lo bestia en la que, por mucho que intentes evitarlo, repasas todo lo que has hecho los 365 días anteriores.
En este caso repasas lo que has hecho durante esos 40 años, quizá sin mucha intención de utilizar esa reflexión como combustible para redirigir tu futuro... pero no conozco a casi nadie que no empiece a hacerse preguntas al llegar a esta edad. Y la mayor parte tienen que ver con 15 ó 20 de esos 40 años, los que previsiblemente habremos pasado trabajando.
Preguntas como las que siguen a continuación.
¿He llegado a dónde quería?
Como explico en Game Over: los 13 errores que me llevaron a cerrar mi empresa, la mayor parte de nosotros llevamos marcado a fuego en nuestro cerebro que el éxito equivale a la fortuna económica y a la admiración ajena. Lo llevamos grabado a fuego porque las sociedades mediterráneas llevan orientándose al comercio y al lucro desde hace 3.000 años. En Oriente, por el contrario, el éxito se asocia con el equilibrio personal (con uno mismo y con los demás) y en Africa, habitualmente por el vigor físico (bastante tienen con sobrevivir...).
Por tanto el prototipo de persona exitosa es ese amigo que todos tenemos a quien le ha ido de cine trabajando por cuenta ajena y ha llegado a Director General o CEO o bien ha montado una empresa que le funciona como un tiro. Y además se está forrando.
Claramente, no mola que a los demás les suceda esto y a ti no. Si alguna vez has pensado esto, es posible que te haya quedado la sensación de que se está haciendo tarde y todavía tienes los deberes a medio hacer.
¿Seré capaz de llegar algún día hasta donde quiero?
En el año 2005 decidí que yo sí tenía los deberes a medio hacer así que dejé mi puesto como Director de Servicios al Cliente en una de las grandes agencias de publicidad de este país para montar mi propia empresa.
Y me pegué la leche más grande de mi vida, teniendo que cerrar tres años más tarde 3 centros de producción con una facturación conjunta de medio millón de euros y despedir más de 20 empleados.
Eso tampoco mola nada, os lo puedo asegurar.
Varios meses después de que el juego se acabase (lo cuento en el libro que por eso titulé "Game Over"), me dí cuenta de que me había lanzado al vacío sin tener una idea clara de lo que de verdad quería conseguir con ese cambio de dirección tan drástico.
¿Dónde quiero realmente llegar?
El problema de partida es que somos esclavos de una noción totalmente materialista del éxito. Vivimos distraídos por multitud de tentaciones, bienes materiales, obligaciones que nos auto-imponemos y nos imponen los demás...
Y esta escalada permanente nos obliga a priorizar el "tener" sobre cualquier otra noción de logro. Desde ese punto de vista el "ser" (e.d. conseguir un equilibrio contigo mismo y con tu entorno nos importa un bledo) y el "hacer" (e.d. desarrollar un trabajo excelente, tan bueno que nuestros clientes se lancen a nuestros brazos y no a los de la competencia) son secundarios.
Seguro que en más de una ocasión de has preguntado dónde quieres llegar realmente. Yo también lo he hecho muchas veces. Pero habitualmente me he equivocado en la respuesta.
Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría dedicarme a esto en lo que estoy invirtiendo mi tiempo?
Menuda preguntita, ¿no?
No queremos oir ni hablar del tiempo que nos queda. Y sin embargo, como nos decía Steve Jobs en la ponencia que sin duda ya has visto, tener la muerte presente es imprescindible para que tomemos conciencia de cuáles son nuestras verdaderas prioridades.
Yo ahora mismo tengo claro que el "hacer" mi trabajo a tope de mis capacidades y mis límites y disfrutar con ello (especialmente en lo que escribo, en mis clases, en las charlas a las que tengo la suerte de ser invitado) es mi principal objetivo y también la vara de medir de mi éxito personal. No la pasta que gano.
El dinero viene (o vendrá) después. Porque todo trabajo entraña un servicio a terceros (tus clientes). Y es imposible que te ganes su fidelidad si no estás bien ("ser"), porque sólo disfrutando con lo que haces podrás maximizar tu nivel de energía y creatividad y hacer un trabajo excelente. ¿O es que tú trabajas bien atenazado por el estrés, el miedo a fracasar, la sobre-responsabilidad, la depresión por un curro que no te gusta?
Yo no: por eso me fue mal en mi primera experiencia empresarial. Así de sencillo.
Lo importante es el camino (un trabajo diario con el que disfrutes), no el destino. Si sólo nos fijamos en el destino, tarde o temprano nos llegará el minuto 90 y entonces y echaremos de menos todo aquello que dejamos de hacer sólo para ganar más dinero para cambiar de coche y de casa.
Robin Sharma, el mundialmente conocido autor de "El Monje que vendió su Ferrari", lo explica mucho mejor que yo:
Piénsalo. Yo no me considero exitoso para nada. Como dice Risto Mejide, una persona mucho más grande que la imagen pública que podáis tener de él por la TV, a quien tuve la ocasión de conocer por el prólogo de mi segundo libro, "soy aprendiz de mucho y maestro de nada". Pero sí tengo la sensación de que dirijo mi vida en lugar de correr detrás de ella apagando fuegos, que es lo que hice de los 20 a los 35.
Saludos a todos.