¿Por qué no soy buen empresario y otros con menos formación sí lo son?

En 2005 decidí dejar mi puesto como Director de Servicios al Cliente en Grey publicidad para convertirme en empresario.

Han pasado casi 13 años y he vivido de todo. El emprendimiento es un reflejo de la vida misma.  Igual que pienso que la felicidad como objetivo no existe (existe encontrar la felicidad en el camino), pienso que los altibajos en el mundo de la empresa, son una parte consustancial de la misma.

He tenido épocas buenas y épocas atroces.  He atraído inversores y realizado una ampliación de capital.  Y no me ha quedado otra que cerrar una empresa, con mucho dolor y frustración.  Después abrí otra que pasó por momentos malos y que ahora está creciendo a doble dígito todos los años.

Cuando me pegué el gran batacazo, mi autoestima colapsó.  Ya se habían encargado en mi carrera y en el Máster de situarla bien alta para que la caída fuese mayor.  ¿Cómo era posible que alguien de mi formación se hubiese extenuado trabajando y aún así hubiese tenido que echar el cierre?  ¿Por qué a otros empresarios, de aparente perfil bajo les iba bien y a mí no?

 

El enemigo número 1 del empresario está dentro de casa…

Estaréis hartos de oírlo: el 90% de los negocios fracasa dentro de sus 5 primeros años de existencia.  Nueve de cada diez empresarios, pese a dejarse la piel en sus proyectos, se llevan un chasco considerable, entierran sus ilusiones, pierden dinero… ¿realmente pensáis que todo ese volumen de profesionales son unos inútiles?

Yo creo que no.

Creo que entre los rescoldos de todas esas empresas fallidas encontraríamos sin duda mucha gente brillante y capaz.

Hace poco leí un libro muy interesante llamado “Why smarts executive fail”?, que es el resultado de una investigación realizada en 50 empresas norteamericanas durante 6 años, intentando identificar las causas más comunes de los fracasos empresariales.

Sus conclusiones apuntan que el primer factor que explica el fracaso empresarial es:

  1. el ego,
  2. la impaciencia,
  3. y la incapacidad para adaptarse a las circunstancias cambiantes. 

Esta investigación (dada la vuelta) puede servirnos para explicar por qué empresarios de teórico “perfil bajo” triunfan.  Las listas Forbes están llenas de empresarios hechos a sí mismos que no han pasado por las Escuelas de negocio ni se han codeado con las élites económico-financieras desde la cuna:  Amancio Ortega (Inditex), Juan José Hidalgo (Globalia) e Isak Andic (Mango) son tres buenos ejemplos que todos conocemos.

Probablemente centrarnos en ellos no es representativo.  Pero es que no hace falta.  En España hay miles de empresarios que no han estudiado en ICADE, ni en el Instituto de Empresa, y sin embargo les va de cine.  Basta visitar cualquier polígono industrial para ver cientos de pequeñas empresas donde bulle la actividad.  Casi siempre que lo hago me admira que alguien dedicado exclusivamente a los ganchos, o los filtros, o las molduras, y que tal vez no haya escrito un power point en su vida, alcance año tras año una cifra de facturación probablemente diez veces mayor que la mía.  Para mí no tienen nada que envidiar a los tres que hemos mencionado.

Imagino que todos ellos atesoran una virtud en común: han demostrado la capacidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes (¡que, no lo olvidemos, siempre nos rodean!).  Inditex no dejó de crecer durante la crisis.  Air Europa ha sobrevivido a la pujanza de Ryan Air en España donde otros como Spanair sucumbieron.  Mango ha atravesado tormentas como consecuencia de la reconfiguración de sus precios, pero su amplia implantación internacional parece protegerla de los vaivenes.

El buen empresario reconoce cuándo se ha equivocado y se apoya en otras personas (sin por ello sentir que no lidera) para darle la vuelta a la situación.  No permite que su ego se convierta en un caballo desbocado que termina por despeñarse.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que yo no era un buen empresario.

No es lo mismo estar ilusionado que convertirte en un fundamentalista de tus ideas: e.d. ser un iluso.

 

Si mis hijas deciden emprender…

Si cualquiera de mis dos hijas mostrasen interés en ser empresarias, creo que las invitaría a romper estos clichés (si bien ellas harán lo que les dé la gana; mi padre también me permitió equivocarme por mí mismo):

  1. Les aconsejaría buscar un centro formativo donde no les enseñen a manosear hojas de Excel y Business Plans que luego no tendrán ningún parecido con la realidad.  Sino a preservar su inversión, lanzar un producto muy concreto, investigar, analizar gaps y pivotar sin complejos y sin aferrarse a ningún sueño.  Cuando los sueños son demasiado rígidos, pueden convertirse en pesadillas.
  2. Les aconsejaría emprender solo después de haberse remangado trabajando cerca de la dirección en una empresa pequeña.  Donde, más allá de aprender los aspectos técnicos de un puesto concreto (como hicimos los brand managers, ejecutas o Directores de marketing), descubran cómo se gestiona una empresa en el día a día.
  3. Les hablaría de la importancia de escuchar (si es posible cara a cara) a los clientes, sabiendo que éstos tienen la razón aunque nos desagrade tanto oir lo que hacemos mal.  Y les sugeriría no refugiarse en un cliente imaginario que solo habita en nuestros Power Point, un retrato robot que sólo es el resultado de estudios alambicados donde los verdaderos matices de la relación no asoman por ningún lado.

¿Quién tiene realmente “perfil bajo”? ¿”Los otros” o los que tenemos un Máster o un Doctorado y 15 años de experiencia multinacional?

Saludos a todos.

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